21 de diciembre de 2010

 Su sueño profundo abusaba de ella una vez más. Sus ojos pegados al abismo incondicional. Su ropa mojada, sucia. Su pelo amotonado desgraciádamente maltratado. Las manos atadas a una tubería, sujetas por cuerdas, intentando escapar. Sin fuerzas, sin conseguirlo. El cielo gris abundaba el ambiente; sus nubes tenebrosas acompañaban. Su desconcierto atemorizaba y su boca, no hablaba.
 Las cuerdas se alfojaban pero no lo suficiente para lograr deshacerse de ellas. Su cuerpo devastado, quebrantado, buscando consuelo. "Tengo que salir de aquí" su mente se prometió, buscando salida alguna. Gotas frías recorrieron su rostro cuando pudo abrir sus ojos. Demasiado frío sentía para poder pensar. Aún así seguía intentándolo. Sombras tenebrosas y ruidos extraños sentía cerca de sí misma procurando no levantar sospecha de que había despertado.
 Y por un momento dejó de respirar, su corazón se paró. Manos externas comenzaron inquietándola, sin dejarla mover. Pero tembló y ese guante obró como no debía. 
Su cuerpo yacía entre tinieblas continuamente atado como si hablásemos de un esclavo. Las horas seguían su ritmo sin cesar, y los meses... Ay, los meses. 
  La ceguera y el miedo se hicieron hermanos y juntos se apoderaron de ella. Nada más importaba. En sus entrañas sabía perfectamente que la salida vendría tarde o temprano, sea cual fuese. Así se dictó.
 Las cuerdas se gastaron y ya se podía saber la hora del día. Su mente seguía intacta. Atemorizada pero desesperada y más ágil que nunca.
 Sus piernas movían tranquilamente y sin prisa. Su táctica estaba siendo andalizada por última vez. Restos de utencillos peligrosos rondaban junto ella. Sagazmente se burló frente a la situación.
 Como hacía 16 meses, la puerta roja volvió a abrirse. Brutalmente respondió ante el primer acto contra ella. 
 La misma puerta, esta vez se cerró.